13 de julio de 2015

Las posibles consecuencias del fin de las burbujitas de aire


Por Humberto Acciarressi

¿La crisis económica griega?, ¿el desarrollo nuclear de Irán?, ¿el desabastecimiento en Venezuela?, ¿el problema de los inmigrantes ilegales en los Estados Unidos?, ¿el calentamiento global? No. Esas y muchas otras crisis de crecimiento o terminales son apenas una cáscara vacía frente a lo que podría equivaler a la desaparición del sucedáneo de la felicidad más eficaz que había descubierto el ser humano: el plástico con burbujitas. Desde que hace unos días la empresa Sealed Air anunció que dejará de fabricar el envoltorio de la adicción más enorme de la historia, parece que millones de seres humanos deambulan como zombies por las calles del planeta, sin saber qué triste futuro de vergüenza e inevitable caída les espera. Ya no podrán reventar los globitos de aire durante horas, lo que hacían durante los actos más banales (por ejemplo viajar en colectivo) o los acontecimientos más solemnes (mirar una película con destino de clásica).

Casi todo el mundo se anda quejando de este asunto que parece haber convertido la corrupción y los flagelos sociales más denigrantes, en los festejos inofensivos de un cumpleaños de quince. Desde 1960 hasta la actualidad, las burbujitas de aire fueron esperadas con entusiasmo por una cifra imposible de mensurar de seres humanos. Había gente que aguardaba ansiosa los regalos, no por el objeto en sí, sino porque sabía que su envoltorio le iba a propinar horas, quizás días, de felicidad. Todos conocemos personas que han comprado electrodomésticos con el único objeto de poseer -para envidia de otras- una lámina gigante de papeles de globitos plásticos y, dentro de ellos, el aire que necesitaban más que el que respiraban. No es aventurado suponer que de aquí en adelante, habrá hombres, mujeres y niños que no sabrán que utilidad darle a sus dedos índice y pulgar.

No tengo las cifras, aunque sospecho que la venta de antidepresivos y ansiolíticos se deben haber disparado a las nubes. Personalmente no me encuentro entre quienes sufren esta pérdida atroz, sino entre los que festejan. Más de una vez estuve a segundos de convertirme en asesino, cuando un maniático reventaba esos globitos endemoniados en mis alrededores. Pero no me entusiasmo demasiado. Conozco lo suficiente al ser humano para saber que ya debe haber un mercado negro de papel con burbujitas de aire y que los más desesperados ya habrán conseguido su dealer. Voy a arriesgarme un poco más: en cualquier momento este negocio ahora ilegal, tal vez se convierta en el más lucrativo del mundo. Y cuando menos te lo esperes, ya estará sonando nuevamente, eternamente, kafkianamente, enfermizamente, ese "pop" que causa el placer de millones y la indignación de los menos.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)