31 de julio de 2015

A 110 años de su muerte, Verne aún se ríe del mundo


Por Humberto Acciarressi

Desde hace muchos años, 110 desde su muerte para ser precisos, se insiste en hablar de Julio Verne como de un oráculo eficiente. Sus predicciones cumplidas -el submarino, la televisión, las naves espaciales, los rascacielos, las bombas teleguiadas, los transatlánticos, etc- han determinado que se hable de este sobrino de Chateaubriand e hijo de un abogado, como si fuera un Nostradamus de fines del siglo XIX. Demasiado poco para quien, entre 1862 y el año de su muerte, publicó 82 novelas y relatos largos. La verdad es que varias décadas antes de Virginia Woolf y de García Márquez, Verne escribió párrafos como el siguiente: "Tricópteros de alas con filamentos de pesadilla; costas siempre manchadas de barro en el que nacen los frufrú; triglos de hígado venenoso; badianes que llevan sobre los ojos una anteojera móvil; y fueles de hocico largo y tubular, verdaderos papamoscas del océano, armados con un fusil que no previeron ni los Chapesot ni los Remington, y que matan a los insectos disparándoles una solitaria gota de agua". No es casual que Henri Michaux definiera como irrepetible esta descripción de la fauna marina que hacen los pasajeros del Nautilus

Desde su nacimiento el 8 de febrero de 1828, la biografía de quien fue definido por Tomás Eloy Martínez como "un revolucionario violento que vivió disfrazado de conservador", contiene hechos como que a los once años, sin que su familia se entere, se embarcó a la India para conseguirle un collar de coral a su prima Carolina. El padre lo bajó del barco y le pegó una paliza inolvidable. En 1857 se instaló en Amiens; en 1886 un sobrino le disparó dos tiros en una pierna: en 1889 fue candidato a concejal por la extrema izquierda; en 1882 se enfermó de neurastenia y quemó sus papeles íntimos; en 1904 le exigió a su esposa vivir en absoluto silencio; y en 1905 murió por la parálisis y la diabetes. Hasta aquí algunos datos, suficientes para hacernos una idea del verdadero Verne, bastante alejado del que durante tanto tiempo fue clasificado como un buen burgués.

La realidad es que este lector apasionado de Nietzche redacta sin parar desde el amanecer hasta la noche, y cae con los años en un pesimismo de extrema intensidad. Desengañado de su siglo y del futuro, escribe "Robur el conquistador", donde el optimismo de sus primeros libros da un giro definitivo. Entre 1903 y 1905, se dedica a la narración "Amo del mundo", donde da cuenta de un vehículo llamado "Espanto" que circula por el aire, la tierra y el agua; deja inconclusa "La sorprendente aventura de la misión Barzac"; y termina rápidamente, como poseído, "El eterno Adán", que su hijo Michael tardó un lustro en editar. Fue tan raro, que en Italia se dudó de su existencia y Edmundo D´Amicis debió viajar a Amiens para verificar personalmente que el autor de los "Viajes extraordinarios" era un ser tangible. Parece que a Verne le gustaban esas picardías e incluso las incentivaba. Es decir que, contrariamente a lo que siempre se supuso, era un viejito sarcástico que se rió de su tiempo y de su posteridad.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)