12 de junio de 2015

James Dean y tres películas para entrar en la eternidad


Por Humberto Acciarressi

Hay actores, muy buenos, geniales, que han filmado decenas de películas. Los hay, también, quienes han recorrido los sets y sus nombres apenas los recuerdan sus familiares. El mundo del cine no siempre es justo y a veces no es lo necesariamente riguroso. En el caso de James Dean parece haber procedido más como con un rockero que con una estrella de la pantalla grande. Su carrera apenas duró dos años y medio, en el primer lustro de la década del 50 del siglo XX Ni un día más, y en todo caso algunos menos. Lo llamaron el nuevo Rodolfo Valentino, las mujeres lo amaron y los hombres soñaron con parecerse a él. Pero Dean fue mucho más que un lindo muchacho con suerte: fue un excelente actor que apenas tuvo un papeles de extra fuera de créditos en cuatro peíiculas, una de ellas de Dean Martin y Jerry Lewis, trabajó en unas pocas obras teatrales, y realizó tres actuaciones memorables en "Al Este del Paraíso", "Rebelde sin causa" y "Gigante". Nada más.

De su historia se sabe poco. Nació en Indiana, su madre murió cuando él tenía nueve años (James le cortó al cadáver un mechón de pelo que siempre llevó con él), su padre lo entregó a unos tíos pues no pudo hacerse cargo, y siendo adolescente lo entusiasmaba la poesía, la escultura, el baile y las carreras de autos. Durante su breve fama mantuvo romances con Ursula Andress, Pier Angeli y otras actrices. Se dice que tuvo relaciones homosexuales con algunos productores con el objeto de abrirse camino en Hollywood, aunque él mismo juraba que sólo era para ser invitado a grandes fiestas. En los films que le dieron fama protagonizó a jóvenes confusos que trataban desesperadamente de establecer su propia identidad en un mundo hostil. La identificación de quienes tenían su edad no tardó en llegar (en los tres meses siguientes al estreno de "Rebelde sin causa" se vendieron cuatro millones de camperas como las que usaba en la película).

Sin embargo, James Dean era un taciturno, la fama no lo conmovía y hasta puede decirse que le molestaba. Lo único que le interesaba era el vértigo. La Warner, por contrato, le tenía prohibido correr con cualquier vehículo mientras filmase. Naturalmente James no cumplió con su parte. Adoraba un Porsche 365 color rojo con un número 130 enorme en una de sus puertas. En el atardecer del 30 de septiembre de 1955, el actor conducía a 170 kilómetros por hora por la autopista 46, rumbo a Salinas, California. Lo acompañaba un mecánico alemán, Rolf Wuthrich, que le imploró que bajara la velocidad. En determinado momento, se le cruzó un Ford negro conducido por un hombre que llevaba a su mujer embarazada al hospital. El amigo del artista le gritó: "Frená, Jimmy, frená". Más tarde contó que el actor le respondió: "Yo soy James Dean, que frene él". Unos minutos antes, un policía lo había multado por exceso de velocidad. El artista más querido de los jóvenes murió camino al hospital. Tenía 24 años y de esa forma entraba en la leyenda.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)