7 de junio de 2015

Bela Lugosi, el Drácula más atormentado del cine


Por Humberto Acciarressi

Se llamaba Bela Blasko y había nacido en octubre de 1882 en un pueblito magiar (luego Hungría) llamado Lugos, por lo cual no extraña que haya sido Lugosi el apellido que eligió para ser inmortalizado como actor. Hay que desmentir, entonces, la leyenda hollywoodense que sostiene que el artista que encarnó a Drácula había nacido en Transilvania, en la mismísima cuna del legendario Vlad Tepes (error en el que incurre la misma Wikipedia). Se sabe que el futuro Conde del cine estudió Bellas Artes en Budapest, interpretó siendo un joven obras de Shakespeare, Ibsen, Wilde y Shaw, debutó en la pantalla grande húngara con el seudónimo de Arisztid Olt; fue el seductor veneciano Giácomo Casanova; y, en lo que fue su primer contacto con la sangre, se alistó como teniente de artillería en los frentes de Serbia y Rusia en la Primera Guerra Mundial.

La biografía de Lugosi está repleta de baches. Actuó en la película alemana "El último de los mohicanos" y se embarcó a América del Norte sin saber una palabra de inglés. Hombre práctico, Bela se casó con la productora Beatrice Weeks, quien lo acercó al idioma y al mundo del espectáculo. Fue de esa forma que Lugosi debutó en el teatro norteamericano con "El hombre lobo", y, el 27 de octubre de 1927, fue Drácula en las tablas. Ese fue el comienzo de su gloria y de su tragedia. Cuando se estrenó el film de la Universal, en 1931, el actor se convirtió para siempre en el Conde de Transilvania. De nada la valieron sus otras películas, entre ellas "Los crímenes de la calle Morgue", "El zombie blanco", "La isla de las almas perdidas", "El gato negro", "El retorno de Chandú", "El monstruo humano". En 1935, la desgracia lo había convertido en un drogadicto irrecuperable, especialmente dependiente de la morfina.

En menos de cuatro años, los productores lo habían obligado a vivir como si interpretara una ficción. No podía salir de día o asistir a una velada nocturna sin su capa; habitaba un castillo que era una réplica del de los Cárpatos, con las paredes tapizadas de terciopelos negros, sirvientes sordomudos y murciélagos volando por los recintos. Por ese entonces daba reportajes dentro de un ataúd, con la realidad confundida definitivamente con la fantasía. Alguien le ofreció interpretar a Frankenstein -que finalmente hizo Boris Karloff-, pero se negó porque dijo que sus admiradores no lo reconocerían debajo de tanto maquillaje. Aunque recibía miles de cartas de todo el mundo, en 1948, sin un centavo en la capa, interpretó a un Drácula cómico en "Abbot y Costello contra los fantasmas". Fue lo último que le faltaba.

Vampirizado por su personaje, Bela fue a parar a un hospital neuropsiquiátrico. Cuando lo dejaron salir, volvió a dar reportajes dentro de un ataúd, lo que revela el éxito del tratamiento. Hacia el fin de sus días, se cruzó con quien está considerado el peor director de la historia, Ed Wood. Este era un admirador de Lugosi y le dio papeles en varias películas, entre ellas la bizarra y mítica "Plan 9 del espacio exterior", estrenada después de su muerte. La brillante película "Ed Wood" de Tim Burton, interpretada por Johnny Depp, trata sobre la relación entre director y actor. Lugosi, en ella, es encarnado por Martin Landau, quien obtuvo con ese papel el Oscar al Mejor Actor de Reparto. Contrariamente a lo que sucede con los vampiros, el artista, consumido por las drogas y la tristeza, falleció el 16 de agosto de 1956, y no por una estaca sino debido a un simple infarto. Lo enterraron con su capa y más tarde fue incinerado con ella. Ni siquiera entonces lo dejaron tranquilo al pobre Bela.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)