16 de mayo de 2015

En la historieta argentina, un arquetipo de los más odiados


Por Humberto Acciarressi

Lino Palacio fue, junto a Dante Quinterno, Divito y Calé, uno de los maestros de la historieta argentina que supo, en la primera mitad del siglo XX, calar más hondo en el alma de la ciudad y sus habitantes. No vamos a referirnos a él - sí en una próxima columna-, ni siquiera a la extensa nómina de personajes inolvidables, aún para quienes nacimos décadas más tarde. Si a uno de ellos, tal vez el más odiado, sea por el arte del historietista o porque no existe persona que no conozca a alguien con esas características en sus cercanías. Me refiero a Avivato, el vividor intolerable, astuto para saquear a sus víctimas, especialista en hacer caer a los "giles" en las trampas más inconcebibles. En síntesis, un aprovechador mayúsculo que Lino Palacio creó sin la simpatía que - por ejemplo - Dante Quinterno le dio a Isidoro Cañones, el otro de los vivillos ilustres de la caricatura nacional.

Salido de la pluma de Palacio, fue lanzado al estrellato el 23 de septiembre de 1946 en el diario La Razón e inspiró una película dirigida en 1949 por Enrique Cahen Salaberry y protagonizada por Pepe Iglesias. A tal punto caló en el alma ciudadana, que el propio nombre de "Avivato" pasó a formar parte del léxico de varias generaciones de porteños para definir al vividor profesional. Como curiosidad aleatoria, no está de más recordar que en 1953, Jorge Palacio, hijo de Lino, fundó una revista que se llamó "Avivato". Este personaje que vende terrenos en el medio del río o buzones a los "inocentes que llegan de las provincias"; manguero de cigarrillos y de plata; y que -según confiesa en la tira- tiene un psicoanalista amigo que le quita "todos los complejos de culpa" referidos a sus deudas, casi nunca se encuentra con alguien que lo ponga en vereda. Y así hasta el infinito, como hemos escrito en otra oportunidad, en una serie dedicada a los personajes de la historieta argentina (varios de los cuales son citados en la Wikipedia).

La saga de Avivato es una epopeya ciento por ciento maniquea: todos los que lo frecuentan son unos incautos, víctimas propiciatorias puestas por Lino Palacio para contrastar con las tropelías del villano. En un episodio, un hombre le dice: "Yo no tengo plata, pero porque no le pedís a Luis, que gana bien". En el segundo cuadro, el vividor, con aire digno, replica: "¿A Luis?, no...no". Y en el tercero remata: "Es de los que anota todo lo que presta". El sujeto es totalmente consciente del rol social que cumple. En otra historia, le cuenta a un tipo: "Un amigo que tiene imprenta me hizo tarjetas. Voy a darte una". El otro pregunta: "¿Y por qué hiciste poner debajo de tu nombre ´asesor financiero´? Y Avivato contesta, muy suelto de cuerpo: "¿Y qué querías que pusiera?, ¿manguero?". Lo curioso del personaje es que a veces enuncia, con aire de maestro ciruela, el "arte" de sus estafas, el contenido de su avaricia y su incalificable don para vivir de acuerdo a la ley del menor esfuerzo. Y hasta en eso es un vivillo intolerable.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)