6 de mayo de 2015

El ilimitado genio de Hitchcock a los 35 años de su muerte

Por Humberto Acciarressi

Nació en Inglaterra en agosto de 1899 -es decir que técnicamente hablando fue un hombre del siglo XIX - y falleció en Los Angeles el 29 de abril de 1980, hace 35 años. Aunque hemos escrito bastante sobre Alfred Hitchcock, una cifra tan redonda es una invitación a insistir con algunas palabras. En primer término que el maestro del suspenso, en el curso de esas ocho décadas que duró su vida, no hizo otra cosa que innovar en el arte que lo llevó a la inmortalidad. Atravesó el cine mudo y se introdujo en el sonoro con técnicas que marcaron a varias generaciones de directores. La cámara como artilugio para convertir al espectador en un voyeur, los encuadres para generar una especie de ansiedad desesperada en quien ve sus filmes, las marchas, contramarchas y giros de sus argumentos, los míticos cameos, dan muchos argumentos a quienes sostienen que fue el inventor del cine moderno y el más influyente de todos los tiempos.

Es imposible en escasas líneas dar siquiera una somera idea de lo que fue la vida y la herencia cinematográfica de Hitchcock. Cuando algunos lo acusaban en hacer películas pensando sólo en el público, a él le resultaba extraño que a sus críticos les causaran interés las obras pensadas únicamente en función de sus directores. Con su extraordinario sentido del humor, él alternaba su afiebrada creación -especialmente ya afincado en los Estados Unidos- con sus frases provocativas al estilo de "la duración de una película debe ser proporcional a la resistencia de la vejiga humana" o "estoy seguro que a cualquiera le gusta un buen crimen, siempre que no sea la víctima". Uno de sus discípulos, Jean-Luc Godard, dijo en una ocasión que Hitchcock fue el único poeta maldito que conoció el éxito. Y Truffaut, en su libro "El cine según Hitchcock", señala que nadie filmó el miedo como su admirado director. La temprana introducción del psicoanálisis -con escenografías de Dalí, en "Cuéntame tu vida", por ejemplo- marcaron un antes y un después en la pantalla grande.

Pero más allá de lo señalado, Hitchcock fue un inigualable creador de ilusiones. Una muestra de esto es su comedia policial, maravillosa y poco recordada, conocida en la Argentina como "¿Quién mató a Harry?". Y naturalmente en muchas más. Hace unos días en la web se intentó la proeza de invitar a la gente a elegir la mejor película de Hitchcock. Es inútil. Es más fácil elegir las menos logradas, que las tuvo como todo gran creador. Pero, ¿alguien es capaz de elegir entre obras maestras como "La soga" y "Extraños en un tren", o entre "Vértigo" y "Los pájaros", o bien entre "Psicosis" y "La ventana indiscreta", entre "Rebecca" y "La sospecha"? Me permito dudarlo y apenas mencioné algunas al azar. Varias de sus películas han sido reversionadas, con mayor o menor fortuna, e incluso se han rodado biopics sobre él. Aunque parezca increíble, lo que algunos críticos llaman la etapa de su decadencia está conformada por films superiores a obras maestras de muchos directores. Lo dicho al comienzo: en pocas palabras no se puede decir demasiado de Alfred Hitchcock. Si invitar a recorrer su filmografía, que consta de más de cincuenta títulos, a aquellos que aún no lo han hecho.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)