13 de enero de 2015

Charlie Hebdo: el lamentable papel de Cristina Kirchner


Por Humberto Acciarressi

La presidente Cristina Fernández de Kirchner ya tiene harto al pueblo argentino con sus insustanciales cadenas nacionales por televisión, muchas de las cuales las ofrece en el horario de los noticieros. Esto porque considera que no le dan la demencial difusión -que sí invierte en publicidades multimillonarias pagadas con el erario público-, ni siquiera en los canales coptados por su gobierno en decadencia. También, para promocionarse a ella misma (un caso de narcicismo extremo), calma sus ataques de ansiedad con el uso enfermizo de la red social Twitter, con mensajes o largas diarreas escritas que no le interesan ni a sus aplaudidores.

Ahora, una vez más, la viuda de Kirchner acaba de demostrar que está lejos, muy lejos, de ser una estadista. Es una mera ocupante del sillón de Rivadavia, que en pocos años, junto a su marido, será apenas un recuerdo, y no el mejor, de nuestra historia. Lo mismo que le sucede en la actualidad a su socio Carlos Menem, que nuevamente termina de sacarle las papas del fuego en el Senado. Como se sabe, se acaba de realizar en Paris la más multitudinaria marcha planetaria de los últimos cincuenta años, en repudio al atentado y muerte de los humoristas, periodistas, economistas y policías que cuidaban la redacción de Charlie Hebdo, así como los posteriores atentados en los que murieron los asesinos cuando huían, no sin antes matar a los secuestrados en un supermercado kosher. 

Un dato a saber: entre los cincuenta jefes de estado que marcharon se encontraban, a tres metros de distancia, el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, y el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas. Lo que no pudo una centenaria historia de encarnizada enemistad geopolítica lo logró este atentado. Lo que sí se sabe es que el canciller argentino, Héctor Timerman, se hallaba en París el domingo, cuando se realizó la gigantesca marcha contra el terrorismo y en favor de la libertad de expresión. Lo que también sabemos ahora es que el canciller argentino no fue autorizado por la presidente Cristina Kirchner a participar de la convocatoria. Igual ya nada sorprende del kirchnerismo, esa entelequia cuyo máximo objertivo es volver millonarios a sus más altos dirigentes.

No es casual que la acaudalada estanciera y exitosa hotelera tenga tan cerca a Miguel Angel Pichetto, aquel que dijo que "el atentado a la AMIA le costó al vida a argentinos de religión judía y a argentinos argentinos que estaban en el lugar"; o a la corrupta Hebe de Bonafini, ahora de muy buenas migas con el represor Milani como antes fue socia del fraticida Schoklender; o a la inexplicable decana de la Facultad de Periodismo de la UNLP, Florencia Saintout, que justificó la matanza y atacó a los medios; a Luis D´Elía, cuyo sólo nombre provoca asco; y a varios etcéteras más, Por suerte, para muchos kirchmeristas, esta matanza fue lo que fue: un delito de lesa humanidad provocado por fanáticos religiosos repudiados por los propios musulmanes. Algún día, mal que le pese, la hoy presidente tendrá que explicar por qué no autorizó al canciller de origen judío a participar de la marcha y dejó tan mal parado al pueblo argentino. Eso entre otras tantas cosas.