6 de noviembre de 2014

"Un día en la vida"..., pero en Buenos Aires


Por Humberto Acciarressi

Un día en la vida. Desde que Lennon escribió el tema y lo grabaron los Beatles, esas cinco palabras tiene otro sabor. Y uno estará siempre enamorado de la poesía áspera de la canción, esa ennumeración que incluye vida y muerte, y un final de música como esa que puede haberse imaginado nuestro Leopoldo Marechal para el último tramo de "El banquete de Severo Arcángelo". Pero mientras uno escucha el tema que cierra el Lado 2 del vinilo "Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band", casi sin darse cuenta va viviendo su propio "día en la vida". Y no siempre tiene la poesía de la composición beatle. Y mucho menos si Buenos Aires, la ciudad capital y la provincia, se hunden en las turbulencias acuáticas de una tormenta sin registros.

Celulares que no funcionan -o que funcionan de a ratos, lo que significa que "no funcionan"-, colectivos que sólo se detienen en la parada y junto al cordón de la vereda si están trabajando a reglamento (dislate que ocurre en Buenos Aires y es digno del top five de las bizarradas); empleados de obras sociales te tratan, no cómo si fueras alguien que necesita atención médica, sino como si fueran los gustosos proveedores del sepulturero. Para colmo, si pensás que te puede pasar algo en la calle -lo cual es altamente probable en los tiempos que corren- el consejo es comprarse una ambulancia con personal especializado, ya que es la mejor inversión en salud. Especialmente en una ciudad en la que los vecinos, los comerciantes, los familiares de los vecinos, cinco patrulleros que cortan la calle, los que estaban mirando televisión y quieren saludar a la cámara, y un paseador de peros llegan primero al lugar del accidente.

El supermercado es un capítulo aparte. No vamos a hablar de los precios, sino proponer un juego. Ir al hiper cuado abre sus puertas a la mañana, dirigirse presuroso a la zona de los lácteos y meter el dedo en una manteca. Doble contra sencillo que la atravesás de lado a lado, señal de lo que denominaremos “interrupción voluntaria de la cadena de frío”, que viene a ser algo así como un coito interruptus pero más peligroso para la salud. Los consorcios de departamento son un capítulo aparte y ameritan otra columna, aunque puedo decir que creo que si Dante Alighieri no hubiera muerto en 1321, les hubiera reservado en su Divina Comedia no sólo un círculo de su Infierno, sino la obra toda, sin Beatrices ni Virgilios.

En lo que atañe al capítulo cajeros automáticos, desde acá sugerimos que - ya que los fines de semana no tienen plata - pueden ser utilizados por los bancos para vender golosinas y cigarrillos. Y te doy un dato que tal vez no conozcas: muchas entidades, de 20 a 8 de la mañada, cierran los cajeros por "seguridad bancaria". Lo que me recuerda cuando un intendente de la dictadura hizo sacar los bancos de mármol o madera de los subtes para que no durmieran los linyeras. A diferencia de la lectura de un diario, como hizo John Lennon cuando escribió “Un día en la vida”, éstas y muchas cosas más se viven día a día en distintos puntos de nuestra Buenos Aires querida. Hace años escribí que Discépolo debería tener una estatua en cada esquina. Hoy pienso que Cambalache debería ser el Himno Nacional.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)