1 de octubre de 2014

Malcolm Arnold, entre la música y la locura


Por Humberto Acciarressi

Malcolm Henry Arnold, como algunos otros, puede -a la distancia- parecer un músico afortunado a quien todo le sonrió en la vida. De hecho, es considerado como uno de los compositores ingleses más importantes de la segunda mitad del siglo XX (nació en 1921 y falleció en el 2006), fue nombrado Sir británico, compuso más de quinientas obras y una cantidad incalculable de bandas sonoras, una de las cuales -la pegadiza y clásica de "El puente sobre el río Kwai"- le valió un Oscar en 1957. Pero no es menos cierto que su estilo por momentos neoclásico y por otros neorromántico le ocasionó terribles críticas de la prensa musical. En rigor, si algunos exageraron su arte, otros se ensañaron con él de manera más visceral que racional.

Arnold había comenzado su carrera como trompetista aunque antes de cumplir los 30 años resolvió dedicarse a la composición. La historia con la trompeta fue bastante curiosa: cuando todavía era un chico escuchó en vivo a Louis Armstrong y, apasionado, pidió y pídió hasta que sus padres lo llevaron a estudiar el instrumento con Ernest Hall, uno de los trompetistas más destacados de aquellos años y miembro estable de la Sinfónica de la BBC. Junto a su maestro tocó en dicha formación -donde participó en el estreno de piezas de George Gerswhin y Béla Bartók, o en la grabación de casi todas las sinfonías de Gustav Mahler-, hasta que un día resolvió dejar el instrumento. Para entonces estaba considerado como uno de los mejores ejecutantes del mismo.

Su obertura Beckus the Dandipratt y algunas obras de cámara lo terminaron de alejar de la trompeta. Unos pocos años antes le había diagnosticado esquizofrenia, no podía controlar un alcoholismo devastador, y las críticas feroces lo volvían cada vez más iracundo. Eso motivó la separación de su primera esposa -con quien tuve dos hijos-, aunque rápidamente volvió a casarse y dejar embarazada a la segunda. Frente a las nuevas corrientes musicales no supo qué hacer, se incrementaron sus enfermedades, volvió a divorciarse e intentó sin suerte el suicidio. La internación en un neuropsiquiátrico lo alejó de la música y en siete años no compuso ni siquiera una canción. El deterioro mental no frenó. Y aunque entre internaciones y crisis recibió premios y hasta el título de Sir de manos de Isabel II, declaró que no quería crear más (entre otras cosas rechazó hacer la banda sonora de "2001.Una odisea del espacio"). Siempre, eso sí, se mostró orgulloso de lo que había dado al mundo en materia musical. En la actualidad, la crítica no ha modificado mucho lo que decía entonces de su arte.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)