17 de octubre de 2014

Cartier-Bresson, el ojo privilegiado del siglo XX


Por Humberto Acciarressi

Cuando murió, hace una década, se dijeron muchas cosas. Lo que nadie pudo expresar es que no había disfrutado la vida. No sólo por sus 95 años, sino porque fue una de esas personas que no pasan en vano por este mundo, al que le sacó todo lo que pudo para mejorarlo con su arte. Henri Cartier-Bresson - "el ojo del siglo XX", como fue bautizado alguna vez- le sacó el jugo como pocos a una era dominada por la imagen en todas sus variantes. El fotógrafo iba a fundar con los años la mítica Agencia Magnum junto a Robert Capa (fallecido al pisar una mina durante la guerra de Indochina, en 1954, a los 40 años), David Seymour (muerto a tiros durante la Crsis de Suez a los 44 años), George Rodger (a quien la cobertura de las guerras de mediados del siglo XX dejaron en una crisis de nervios casi permanente), y William Vandivert (quien dejó la agencia un año más tarde de fundada). Cartier-Bresson, que los sobrevivió a todos, ya de chico era un fanático de la pintura y siendo joven fue alumno del artista cubista André Lhote.

Obsesionado por las cámaras Leica, asociadas al fotoperiodismo de los años 40, este artista no le dijo "no" a nada relacionado con las imágenes. Incluso incursionó en el cine de la mano de Jean Renoir, con quien realizó un documental sobre la Guerra Civil Española. Cartier-Bresson fue cazador en Costa de Marfil, coqueteó con el surrealismo de los años 30, fue prisionero de los nazis en 1940, se escapó en 1943, y se dio el gusto de inmortalizar con su cámara la liberación de Paris. Gandhi, Guevara, Picasso, Matisse, el matrimonio Curie, la entrada de Mao en Pekin, fueron algunos de los hechos y personalidades que registró la mirada de quien sostenía que la cámara "es la prolongación del ojo".

En 1954 fue el primer reportero occidental en entrar a la Unión Soviética. Veinte años después, cuando nadie se lo hubiera imaginado, abandonó la fotografía y retomó su antiguo amor por la pintura. En algún reportaje confió que aborrecía los flashes, que no se consideraba un artista y que deseaba que sus imágenes fueran observadas con sensibilidad. "La foto —argumentaba— es para mí el impulso espontáneo de una atención visual perpetua, que capta el instante y su eternidad. El dibujo elabora lo que nuestra conciencia ha captado de ese instante. La foto es una acción inmediata, el dibujo una meditación". Sin embargo, su nombre siempre estará asociado a la fotografía. La posteridad termina haciendo lo que quiere con los seres humanos.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)