27 de agosto de 2014

Julio Cortázar y el justo valor de las palabras


Por Humberto Acciarressi

En el centenario del nacimiento de Julio Cortázar se escriben en todo el mundo ríos de palabras, se le rinden homenajes de todo tipo, se ven las películas inspiradas en sus cuentos, la gente se deleita con las obras teatrales basadas en sus novelas. Las nuevas generaciones, a diferencia de tantos otros grandes escritores, no son ajenas a los encantos de una de las prosas más perfectas, tiernas y conmovedoras de la lengua castellana. En una oportunidad, el propio Cortázar -obsesionado por el lenguaje- escribió que "las palabras pueden llegar a cansarse o enfermarse, como se cansan y se enferman los hombres o caballos. Hay palabras que a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad". No le vendría mal a quienes nos gobiernan, a muchos comunicadores -que repiten como loros palabras nacidas para decirlas una vez cada tanto- hacer caso del consejo que se lee entrelíneas en el texto de Cortázar.

El autor de "Rayuela", argentino hasta la médula y con una escritura porteñísima a pesar de ciertas frases suyas inspiradas en su ideología, no está vinculado a nuestro país por los datos ineludibles en la vida de un hombre: el nacimiento y la muerte. Por un azar diplomático nació en Bruselas el 26 de agosto de 1914. Por elección falleció en Paris setenta años más tarde, el 12 de febrero de 1984. Un caso curioso el de nuestra nacioanalidad: su admirado Gardel, sinónimo de argentino en el mundo entero y amante sin vueltas de Buenos Aires, al que le dedicó varios tangos, nació en Francia y murió en Medellín. Tanto Borges como Cortázar, dos de los que que pusieron la literatura argentina en el Top Five planetario, están enterrados en Francia y Suiza.

García Márquez y Carlos Fuentes lo recordaban con su voz de órgano de erres arrastradas (esa que registran algunos discos y pocos documentales), ambos boquiabiertos y azorados por los conocimientos del amigo sobre temas tan diversos como el jazz y la política, el surrealismo o las letras norteamericanas, el arte de la traducción o la constante invención de pequeños argumentos que luego transformaba en relatos geniales. Fue Osvaldo Soriano quien señaló que "si Arlt y Borges habían dado vida a la literatura argentina, Cortázar le agregó alegría". Tal vez ésta sea una de las razones por las cuales las nuevas generaciones de lectores son cautivados por su prosa como las anteriores. Pero fundamentalmente -y con esto hablamos de su literatura, no sea cuestión que alguien se confunda- Cortázar fue siempre fiel a las palabras y a sus significados. Por eso en sus múltiples libros, éstas jamás pierden la vitalidad que lamentaba que perdieran en otras oportunidades. En un tiempo de periquitos parlanchines, sus libros son un refugio calentito que dan abrigo a quienes están en la intemperie.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)