5 de agosto de 2014

En recuerdo de Marcello, el actor más entrañable


Por Humberto Acciarressi

En una oportunidad, Marcello Mastroianni dijo que no le interesaban demasiado "el método" y otras escuelas de actuación con las que se llenan la boca tantas personas. En realidad, los tiempos en los que debería haber estado estudiando los ocupó siendo albañil, ebanista, dibujante, tenedor de libros, escapando del fascismo con su familia y como trabajador forzado en un campo de concentración nazi del que -milagrosamente- pudo escapar para recluirse en un altillo del que no salió por años. Cuando a fines de 1946 dejó esa habitación, Marcello hizo dos cosas que cambiarían su vida: comenzó a estudiar teatro y conoció a Giulietta Masina, con el tiempo convertida en esposa y musa de Federico Fellini.

Cuando este actor conmovedor, imposible de no querer por su arte y su calidez, llegó al fin de sus días el 19 de diciembre de 1996, era un mito del teatro y del cine, sinónimo del galán latino por varias generaciones, artista entrañable. Conocido apenas por su nombre de pila, es decir Marcello, un mal día se enteró que lo fulminaba un cáncer de páncreas. Fue un gambito inexplicable. El actor, que cuando joven pensaba que "la vida es eterna", estaba convencido de que su muerte le llegaría por los pulmones, con sus cincuenta cigarrillos diarios durante décadas. Con los días contados rodó "Mi ricordo, si, io mi ricordo", la película testimonial que luego dio pie a sus memorias escritas, una jugarreta editorial bastante exitosa. Había nacido en 1928 en Fontana Liri, a mitad de camino entre Roma y Nápoles. Falleció en Paris acompañado de dos mujeres que amó y que lo amaron: Ana María Tató y Catherine Deneuve, madre de su hija Chiara.

Es imposible reseñar la labor cinematográfica de Marcello (él sostenía que había trabajado en 160 películas). Quedan pantallazos inolvidables: el profesor socialista Sinigaglia, de "Los compañeros"; el escritor frustrado de "La dolce vita"; el periodista radiofónico, homosexual y antifascista de "Una jornada muy particular"; el viejo y decadente bailarín de "Ginger y Fred"; el Mersault de "El extranjero"; el chejoviano individuo de "Ojos negros"; el periodista que descubre el sentido de la vida en "Sostiene Pereira"; el melancólico e inolvidable Casanova de "La noche de Varennes"... Todo recuento que remite a la memoria es incompleto y por ende injusto. Los mejores directores del siglo XX lo tuvieron como protagonista de sus películas: Monicelli, Scola, Fellini, Visconti, Mijalkov, De Sica, Louis Malle, Elio Petri, Ferreri, Lattuada, Polanski y varios más. Lo dicho: la arbitrariedad está al comienzo de cualquier cronología. Especialmente si se habla de Marcello Mastroianni.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)