16 de agosto de 2014

El adiós a la dama más sensual del cine negro


Por Humberto Acciarressi

Hay una escena de "The Big Sleep", la película de 1946 dirigida por Howard Hawks y basada en la novela de Raymond Chandler, que es una de las más brillantes de la historia del cine. El detective Philip Marlowe (interpretado por Humphrey Bogart) cae como peludo de regalo a una fiesta y va caminando de un lado a otro hasta que siente una voz femenina que canta. Se acerca al cuarto en donde eso sucede, se apoya en la puerta, y observa a Lauren Bacall (su esposa en la vida real, que en el film interpreta a Vivian, la hija de un magnate que ha contratado los servicios de Bogart). Los gestos que se intercambian entre ellos mientras ella entona el tema son de antología. Confieso haber visto esa escena centenares de veces y que, en mi humilde opinión, difícilmente haya habido, en la historia del cine, una mujer con más sensualidad que Lauren Bacall, quien acaba de fallecer.

Ella ya era una mujer bastante mayor cuando yo ni había nacido, pero los amores por la novela y el cine negro, que cinematográficamente conducen inevitablemente a Bogart y a Bacall entre otros, me fueron llevando de película en película. Estos días, algunas de ellas están siendo muy nombradas en detrimento de otras excelentes pero con menos prensa. En su debut en "Tener y no tener", inspirada en la poco leída novela de Hemingway, ella tenía 19 años, y Bogart, que le llevaba unos cuantos, se enamoró perdidamente de ella. Al año siguiente se casaron y así permanecieron, en las buenas y en las malas (como cuando encabezaron las marchas de actores contra el macarthismo), hasta la muerte por cáncer de Boggie en 1957.

Dejando de la lado la primera etapa del cine de Lauren Bacall -que se podría, arbitrariamente, ubicar por la película "Como pescar un millonario", con Marilyn Monroe, o "La pícara soltera", con Tony Curtis y Natalie Wood-, las generaciones posteriores pudieron verla en "Asesinato en el Orient Express", "Cita con la muerte", "Misery", "Dogville" y "Manderley" (dos de la trilogía de Lars von Trier), o "Reencarnación", por mencionar algunas. Seguía teniendo la estampa de aquella actriz que enamoraba a quien se lo pusiera delante, no sólo por su belleza -que era mucha- sino por los gestos de alta sensualidad. Su sonrisa enigmática, su mirada felina y la aspereza de su voz la convirtieron en una de las damas del cine negro, sin dudas la más elegante. Por suerte, para volver a verla, siempre nos quedará el cine.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)