8 de julio de 2014

La destrucción de libros, barbarie que no cesa




Por Humberto Acciarressi

A propósito de la muestra titulada "De la imprenta a la hoguera", que se lleva a cabo en la quijotesca región española de La Mancha, resulta inevitable recordar aquella frase famosa de Heinrich Heine: "Alli donde queman libros acabarán inevitablemente quemando seres humanos". El poeta alemán la escribió en 1821 y prefiguró con más de un siglo de antelación la quema de libros ordenada en febrero de 1933 por el entonces flamante canciller alemán Adolf Hitler. Hace unos pocos años fue dada a conocer la obra de Fernando Báez -autoridad mundial en el campo de la historia de las bibliotecas- titulada "Historia universal de la destrucción de libros".

En el vago recuerdo que tengo sobre ese libro -vago en el sentido enciclopédico, dramáticamente vasto, imposible de abarcar-, me queda una intuición: que el frustrado pintor austríaco que se convirtió en fürher no fue más que un imitador de una masacre cultural con siglos y siglos de existencia. Sea en la antigua Summer, en los tiempos de los hititas, en la legendaria Babilonia, en el hermético Egipto, en la racional Grecia de los presocráticos y los platónicos, en la China del Imperio Inmóvil, en Roma, Pérgamo, Israel, el mundo árabe, Vietnam y Camboya, la URSS, las dictaduras latinoamericanas, en fin,ninguna civilización puede mostrarse demasiado limpia en lo que a destrucción de libros se refiere. Curiosamente, mientras existen miles de obras sobre "el libro" y las bibliotecas, no hay muchos sobre la destrucción de los mismos. Sí los hay poéticamente novelados, como "Farenheit 451" de Bradbury o "1984" de Orwell, y alguno ensayístico como "Los enemigos de los libros" de William Blades, editado en 1888.

Umberto Eco señaló en alguna oportunidad que los verdaderos enemigos de los libros son los hombres y no los auxiliares del mismo como internet. Y por cierto no le faltaba razón. Hace veinte años, durante la invasión norteamericana a Irak, tuvo lugar un "culturicidio" escandaloso que fue meticulosamente escondido. El mismo causó la destrucción del millón de libros de la Biblioteca Nacional, el saqueo del Museo Arqueológico de Bagdag, el incendio del Archivo Nacional y sus diez millones de registros del período republicano y otomano, por mencionar apenas algunos de los testimonios del pasado que se perdieron para siempre. Precisamente en el momento en que se escriben estas líneas, en algún lugar del mundo hay un régimen, una etnia, un gobierno, una secta, que está ejercitando esta antigua y maldita costumbre humana de destruir los vestigios escritos del espíritu del hombre. De vez en cuando hay que pensar en eso.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)