13 de septiembre de 2011

Largen al cocodrilo antes de la psicosis





Por Humberto Acciarressi

¿Recordás el caso? Es reciente. Un cocodrilo gigante fue capturado en Filipinas, por unos cien hombres que lucharon con esa mole de más de una tonelada y 6 metros de largo. No es de extrañar que el bicho se haya convertido en la atracción principal de la localidad de Bunawan, uno de esos sitios que necesita de estas bizarradas para sobrellevar la monotonía. Durante unos días, el alcalde se estuvo lamentando por no tener plata para ampliar el estanque del zoológico y el destino del cocodrilo parecía ser una bañadera o el fueguito de las maderas para una posterior gran comilona popular.

Como no podía faltar, a alguien se le ocurrió que el animal podía proveer él mismo los morlacos, convirtiéndose en una atracción turística. La idea no era mala, especialmente si se tiene en cuenta que hay gente que paga dinero para cualquier cosa. Todo marchaba sobre ruedas hasta que una ONG (siempre estas organizaciones arruinando los negocios) señaló que el cautiverio podría llevar al animal a un comportamiento psicótico. Dicho en criollo, esa mansa bestia en cualquier momento puede convertirse en un asesino serial. Los militantes por los derechos de los animales proponen que sea devuelto a su hábitat natural.

Nadie, hasta el momento, registró cambios en el comportamiento del cocodrilo frente a la acusación de "psicótico contenido". Sí llama la atención que no está comiendo, lo que no debe interpretarse que se está preparando para un gran manjar de piernas, brazos y torsos humanos. Hasta que ahora explotó una bomba: el animal tendría antecedentes de haber comido gente. ¿Campaña de desprestigio o verdad inapelable? Los acusadores no dan más detalles, pero la noticia corrió como un reguero de pólvora.

Los que quieren sacarse fotos con él ahora lo piensan un poco más. El miedo crece a su alrededor, y para colmo lo tienen en un estanque en el que no estaría cómoda ni una nutria. No sé lo que pensás sobre el asunto. Yo lo tengo bien en claro. No acepto una invitación a las Filipinas ni con un revólver en la cabeza.

(Publicado en la columna "El click del editor", de La Razón, de Buenos Aires)